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Sistema sanitario, ¿reajuste o transformación?

Mircoles, 12.01.2011
¿REAJUSTE O TRANSFORMACIÓN? No se puede obviar que la sociedad española está mal acostumbrada en lo que al uso de los recursos sanitarios se refiere. Vivimos en un estado de bienestar que, de manera singular y a diferencia de la mayoría de los países de nuestro entorno, garantiza que todos los servicios esenciales de salud estén cubiertos para todos a través del pago de impuestos. Además, con la clara intención de promover por encima de todo la defensa de la gestión pública de la sanidad y, digámoslo de paso, con ello la marginación de la sanidad privada, se da la circunstancia de que esta sensación de plenitud en la oferta sanitaria se ha potenciado y politizado por parte de los gobiernos de uno y otro lado hasta extremos inabordables. Que el sector sanitario está viviendo en estos tiempos una crisis de sostenibilidad sin precedentes es sabido por todos. Abundando un poco más, la crisis del sector obedece a motivos sanitarios -cronificación de enfermedades, envejecimiento de la población o el incremento del coste sanitario, entre otros- y a diferencia por ejemplo de lo que ocurre con la crisis económica no tiene visos de acabar si no más bien todo lo contrario, ya que las causas que la motivan no han hecho más que comenzar. Por tanto, o realizamos un esfuerzo por reajustar nuestro sistema sanitario o tarde o temprano asistiremos, sin duda, a la transformación del modelo que venimos disfrutando todos los ciudadanos. El esfuerzo ha de realizarse en tres aspectos: 1. En inversión pública. Así, si es posible, será necesario invertir algo más del gasto público en sanidad para llegar al porcentaje normal de gasto que tienen los países de nuestro entorno, pasando del 6,5 por ciento de gasto sanitario público al 8 ó 9 por ciento. De no ser posible dicho incremento de la inversión pública, habría que reevaluar con responsabilidad y sentido de la realidad las coberturas del sistema y unificarlas para todos a fin de que no haya diferencias en la asistencia. Del mismo modo, en la planificación del sistema sanitario se deberá contar con la totalidad de los recursos -públicos y privados-, aprovechando y potenciando el esfuerzo de los usuarios del sistema privado que pagan un complemento por su salud y evitando que se produzcan duplicidades en el consumo de los recursos o el desaprovechamiento de los mismos. 2. En la gestión del sistema sanitario público. En primer lugar, instaurando medidas y procesos de gestión que ayuden a controlar y a saber el gasto real del sistema, porque no se puede hablar de eficiencia del sistema si no se sabe lo que consume o en qué lo consume. En segundo lugar, y es más que evidente, aprovechando las sinergias que permite el hecho de administrar tal volumen de recursos por medio de la negociación colectiva, la gestión transversal y una planificación ordenada. No creo que la sanidad pública tenga que ser gestionada privadamente para que funcione de forma correcta, pero o se hace gestión de verdad o habrá que fomentar las fórmulas de colaboración público-privadas a fin de que el sistema sanitario público perdure en el tiempo. 3. En educación sanitaria de la población. La racionalización de la demanda es una pieza clave y fundamental si queremos tener un sistema de salud eficiente y competitivo. En este proceso de optimización puede plantearse cualquier tipo de medidas siempre y cuando no resten posibilidades a los ciudadanos. Creo que cualquier medida que ayude, estimule o promueva que el ciudadano sea cada vez más consciente del agotamiento de los recursos sanitarios o entienda que hay que realizar un uso racional de los mismos es imprescindible para abordar este problema. Además, si esas medidas disuaden al ciudadano sin quitarle prestaciones no hay ninguna duda de que serán doblemente eficaces. Una de estas medidas, la factura sombra, por poner un ejemplo, ha sido recientemente implantada en algunas comunidades autónomas. Medir los resultados hora bien, volviendo al punto segundo de esta tribuna, para poder hablar de coste antes hay que medirlo correctamente. De lo contrario, estaremos dando por buenos y eficientes los precios por unos procesos que por ejemplo en la sanidad privada cuestan menos de la mitad y le daremos al ciudadano una excusa perfecta para decir que si bien los recursos sanitarios son limitados, esa limitación viene dada porque la sanidad pública supone un dispendio y está mal gestionada. Es el momento de definir qué tipo de salud queremos tener tanto en términos cualitativos como cuantitativos y qué sistema sanitario deseamos que sirva como marco de referencia. Sin duda, en ese proceso de definición estratégica deberían participar todos los grupos de interés implicados y entre ellos el de la sanidad privada, que sigue cumpliendo un papel esencial en términos de calidad, innovación, eficiencia y sostenibilidad de un sistema sanitario que cada día se hace más difícil de sostener y que incluso puede llegar a "morir de éxito" si antes no somos capaces ni sabemos diagnosticarlo adecuadamente y somos reacios a aplicarle, de forma decidida, el remedio más adecuado. Cuando se redactó la Ley General de Sanidad de 1986, con seguridad no se pensó ni por asomo en la biomedicina o en la medicina personalizada. Pero ésta es una realidad presente y por sí misma va a impedir que se cumpla la "igualdad efectiva para todos" que promulgaba aquella norma de hace casi 25 años. Reajustemos entonces el modelo para no tener que transformarlo, para poder cubrir las necesidades sanitarias básicas de la población, y mantengamos así un sistema sanitario que es un ejemplo a seguir y constituye una referencia para todos los países de nuestro entorno. Juan Abarca, Director General de HM Hospitales. Publicado en diariomedico.com el 14.12.2010

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